No me resultó fácil volver. ¡Ya sé! Colombianas y Colombianos “de bien”, con banderitas de Colombia asomándose por sus muñecas, tíldenme de apátrida, vendida, “farisea”.
Regresar a Bogotá me hizo recordar lo que significa comer con gripa. Uno no solo quiere comer sino disfrutar, y de pronto los langostinos se han convertido en animalitos inertes que solo dejan un lejano sabor a mar; tomates, lechugas frescas y mazorquitas se identifican únicamente por sus formas y texturas, y el arroz, ese arroz que debe ser “bolao” y sabroso adquiere el efecto arveja, miles de granitos en la boca sin ninguna función.
Volver a Bogotá implicó comprender que esa ciudad que se abre de par en par a través de sus calles, carreras y “rombois” exige compromiso. Carlos, curioso y cínico solo preguntó ¿A ti qué te pasó?
Me pasó, que de lunes a viernes recorrí a través de la Caracas las 82 cuadras que me separaban de mi lugar de trabajo; me pasó que empecé a reconocer las puertas y ventanas por donde prostitutas y travestis asoman y exponen sus cuerpos diariamente; me pasó que a través de Yolima oí hablar a ciudad Bolívar, ese lugar mítico para algunos donde la violencia gana cuerpos, gana cerebros; me pasó que por medio de Claudia me topé con el despotismo y la corrupción; me pasó que después de días de cruzar el mismo puente sobre el río Fucha descubrí que ahí abajo, vivían familias hacinadas.
En resumidas cuentas Carlos, me pasó que Bogotá, y a través de ella Colombia, me atravesaron.
CopyRight LVSantamaria de Bernal, por sus brillantes y siempre aclaradoras ideas.